El primer bocado es siempre el mismo: la cuchara se hunde en la salsa roja, espesa y humeante, arrastra un trozo de pan de pita y, al levantarla, la yema líquida del huevo se desparrama como un río dorado entre los tomates. Eso es shakshuka. No es solo un plato; es un ritual mañanero que empieza cuando el sol ya lleva horas en el cielo, en esos desayunos tardíos donde el café se sirve en tazas pequeñas y el pan se moja sin prisa.
Aunque su origen exacto se pierde entre las cocinas del norte de África y Oriente Medio, hoy la shakshuka es un símbolo de Israel, donde se ha convertido en un clásico de los menús de brunch. No es difícil entender por qué: es barata, se prepara en una sola sartén y, sobre todo, es adictiva. La base es simple —tomate, pimiento, cebolla y especias—, pero el secreto está en cómo esos ingredientes se transforman en algo mucho más grande que su suma. El comino le da profundidad, el pimentón un toque ahumado y la harissa, ese picante norteafricano, aporta el contraste que hace que cada cucharada pida otra.
Lo mejor llega al final, cuando los huevos se escalfan directamente en la salsa. No hay prisa: se dejan cocinar hasta que las claras cuajan pero la yema sigue temblorosa, lista para romperse al primer contacto. Algunos añaden queso feta desmenuzado por encima, otros prefieren aceitunas negras o hierbas frescas como cilantro o perejil. Pero lo esencial es la textura: esa mezcla de lo crujiente del pan, lo cremoso de la yema y lo jugoso de la salsa.
En Israel, la shakshuka no es solo comida; es un fenómeno cultural. Se sirve en cafeterías de Tel Aviv con mesas de madera gastada y en puestos callejeros de Jerusalén donde el humo de la sartén se mezcla con el olor a pan recién horneado. Hay versiones con berenjena, con chorizo o incluso con garbanzos, pero la clásica —la de tomate y huevo— sigue siendo la reina. Quizá porque es un plato que no entiende de fronteras: se hace igual en Túnez que en Líbano, en Marruecos que en Gaza. La diferencia está en los detalles —más o menos picante, más o menos dulce—, pero la esencia es la misma.
Prepararla en casa es más fácil de lo que parece. No hace falta ser un chef: basta con sofreír cebolla y pimiento hasta que estén tiernos, añadir tomate triturado, especias y dejar que la salsa reduzca a fuego lento. Luego, se hacen unos huecos en la mezcla, se cascan los huevos dentro y se tapa la sartén hasta que estén en su punto. Lo único que hay que recordar es esto: la shakshuka no se sirve en un plato. Se lleva a la mesa en la misma sartén, con pan al lado, y se come directamente de ahí, como si fuera un banquete compartido.
Si hay algo que define a este plato es su capacidad para adaptarse. En invierno, se convierte en un abrazo caliente; en verano, en una comida fresca si se sirve con un poco de yogur al lado. Y aunque algunos puristas insistan en que debe llevar harissa sí o sí, lo cierto es que cada uno la hace a su manera. Lo importante es que, al final, quede esa salsa espesa, esos huevos con la yema líquida y ese pan que no puede faltar.
La próxima vez que alguien diga que el desayuno es la comida más importante del día, sírvele una shakshuka. No hará falta explicar por qué.