Ganadores de la temporada
Premios de la Academia (Óscar)
Estados Unidos · Edición 2024Globos de Oro
Estados Unidos · Edición 2024Premios Goya
España · Edición 2024Premios BAFTA
Reino Unido · Edición 2024Festival de Cannes
Francia · Edición 2024Premios César
Francia · Edición 2024Premios del Cine Europeo (EFA)
Europa · Edición 2024🏆 Premios de la Academia (Óscar)
La estatuilla dorada que todos conocen como Óscar pesa 3,85 kilos y mide 34 centímetros. Es pequeña, fría al tacto, pero en sus manos puede cambiar una carrera, salvar un estudio o hundir a un director en el olvido. Desde 1929, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood la entrega cada año en una ceremonia que paraliza el mundo: los Óscar. No son solo premios; son el termómetro de una industria que se mira en el espejo para decidir qué historias merecen ser recordadas. La primera edición, en 1929, duró quince minutos. Hoy, la gala se alarga durante horas, retransmitida en directo a más de doscientos países, con un despliegue de vestuario, discursos y polémicas que la convierten en el espectáculo más visto del año después de la Super Bowl. Pero detrás del glamour hay un sistema complejo: más de diez mil miembros de la Academia —actores, directores, técnicos— votan en un proceso que empieza con las nominaciones y termina con esa noche en el Dolby Theatre de Los Ángeles. Cada voto cuenta, aunque no todos pesan lo mismo: los actores, por ejemplo, solo pueden votar en su categoría, mientras que los directores tienen voz en casi todas. El Óscar a Mejor Película es el premio gordo, pero no siempre coincide con el favorito de la crítica o el público. *Crash* (2005) ganó contra pronóstico, dejando fuera a *Brokeback Mountain*, un filme que hoy se estudia en las escuelas de cine. *Green Book* (2018) repitió la historia: aplaudida por unos, tachada de simplista por otros. La Academia tiene sus sesgos —durante décadas, las películas de superhéroes ni siquiera entraban en la conversación—, pero también ha sabido corregirse. En 2002, *Una mente maravillosa* se llevó el premio a Mejor Película y Mejor Director, un reconocimiento tardío al cine de autor que antes había sido ignorado. Y en 2020, *Parásitos* hizo historia al convertirse en la primera película no angloparlante en ganar el Óscar a Mejor Película, un hito que muchos vieron como una señal de apertura. No todo es brillo. Los Óscar han sido escenario de protestas, boicots y momentos incómodos. En 1973, Marlon Brando rechazó su estatuilla por *El Padrino* para denunciar el trato a los nativos americanos en Hollywood. En 2016, el hashtag #OscarsSoWhite puso en evidencia la falta de diversidad entre los nominados, una crítica que la Academia intentó paliar con cambios en sus normas de inclusión. Y en 2022, Will Smith abofeteó a Chris Rock en directo, un episodio que eclipsó el resto de la gala y dejó claro que, incluso en la noche más glamurosa, el factor humano —con sus errores y pasiones— siempre termina por imponerse. Los récords también cuentan su propia historia. Katharine Hepburn ganó cuatro Óscar a Mejor Actriz, un número que parece inalcanzable hoy. Walt Disney sigue siendo el más premiado de la historia, con 22 estatuillas. Y Meryl Streep, con 21 nominaciones, es la actriz con más candidaturas, aunque solo haya ganado tres. Detrás de estos números hay décadas de trabajo, pero también de suerte: una película puede ser excelente y no llegar a la lista final, mientras que otra, mediocre, se cuela por el peso de una campaña de marketing millonaria. La ceremonia en sí es un género aparte. Los discursos más recordados suelen ser los más breves —como el de Joe Pesci en 1991: "Es un honor... Y eso es todo"— o los más emotivos, como el de Halle Berry en 2002, la primera mujer negra en ganar el Óscar a Mejor Actriz. Los presentadores, por su parte, intentan equilibrar el humor con la solemnidad, aunque no siempre lo consiguen. Billy Crystal, Whoopi Goldberg y Ellen DeGeneres han sido algunos de los más aplaudidos, mientras que otros, como James Franco en 2011, pasaron sin pena ni gloria. Lo que nadie discute es el poder de los Óscar para marcar tendencias. Una película nominada ve cómo su recaudación se dispara en las semanas previas a
🌟 Globos de Oro
La alfombra dorada humea bajo los focos de Beverly Hills. Esta noche, los Globos de Oro no solo reparten estatuillas: dictan sentencia. No son los premios más viejos —los Óscar les sacan casi veinte años—, pero desde 1944 la HFPA ha convertido su gala en algo más que un acto de entrega. Es el termómetro que marca la fiebre de Hollywood antes de que llegue la noche de los Óscar. Aquí no se celebra solo el talento; se mide el latido de una industria, se adivinan las corrientes que arrastrarán al cine y la televisión en los próximos meses, y se confirma qué historias han logrado colarse en el imaginario colectivo antes de que el resto del mundo las canonice. El formato es engañosamente simple: dos grandes categorías —cine y televisión—, pero con un detalle que lo cambia todo. Mientras los Óscar dividen el cine en dramas y comedias, los Globos de Oro añaden una tercera vía: mejor película de comedia o musical. Esa distinción, que a primera vista parece un capricho, ha salvado a más de un filme de ahogarse en la categoría equivocada. *La La Land* (2016) es el ejemplo perfecto. Si hubiera competido como drama, se habría enfrentado a pesos pesados como *Manchester by the Sea*. En cambio, en la categoría de comedia musical, arrasó contra *Deadpool* y *Florence Foster Jenkins*, llevándose siete Globos —un récord— y un impulso definitivo hacia los Óscar. La diferencia no fue solo de estatuillas, sino de narrativa: los Globos le dieron el relato que necesitaba para convertirse en un fenómeno. Pero reducir esta gala a un simple aperitivo de los Óscar es quedarse en la superficie. Los Globos tienen su propia personalidad, y se nota en los detalles. La HFPA, un grupo de menos de cien periodistas internacionales, ha sido acusada en los últimos años de falta de diversidad y de manejos poco transparentes. Sin embargo, su influencia sigue siendo incuestionable. Una película que gana aquí ve cómo su taquilla se dispara en enero, un mes tradicionalmente muerto para el cine, y una serie premiada recibe un empujón en plataformas que puede decidir entre el éxito y el olvido. No es magia: es el poder de un sello de aprobación en el momento justo. Esta noche, como cada año, habrá sorpresas. No siempre gana el favorito de la crítica, ni el que acumula más nominaciones. A veces, como con *Bohemian Rhapsody* en 2019, el premio parece más un guiño a la taquilla que al mérito artístico. Otras, como con *Parasite* en 2020, la gala sirve para consagrar obras que luego harán historia. Lo que está claro es que los Globos de Oro no son un trámite. Son el primer gran espejo en el que Hollywood se mira cada año y decide qué merece ser recordado. Y esta vez, como siempre, la pregunta flota en el aire: ¿logrará una película independiente robarle el protagonismo a los blockbusters? ¿O volverán a imponerse los estudios, esos que saben que un Globo en enero es el mejor anuncio para febrero? La respuesta está a solo unas horas, pero el juego ya ha empezado. Beverly Hills se viste de gala, los discursos se ensayan en habitaciones de hotel y los periodistas afilan sus preguntas. Porque en los Globos de Oro, lo que menos importa es la estatuilla. Lo que cuenta es el relato que se construye alrededor. Y esta noche, ese relato está a punto de escribirse.
🎭 Premios Goya
La alfombra roja se despliega en el Palacio de Congresos de Madrid, y el país entero contiene la respiración. Los Goya están a punto de ser entregados, y con ellos, el termómetro de lo que late en el cine español: sus obsesiones, sus talentos y hasta sus crisis. Detrás de esas estatuillas doradas, que imitan el busto de Francisco de Goya pintando, hay décadas de historias que van desde el éxito internacional de *El laberinto del fauno* hasta el fracaso comercial de películas que, pese a todo, se llevaron el premio a Mejor Película. La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España entrega estos premios desde 1987, pero su verdadero peso se mide en lo que representan. No es lo mismo ganar un Goya por una comedia ligera que por un drama social que sacude conciencias. Ahí está el ejemplo de *Barrio* (1998), de Fernando León de Aranoa, que retrató la España marginal con una crudeza que aún duele. O *La librería* (2017), de Isabel Coixet, que usó una historia íntima para hablar de la resistencia frente al poder. Los Goya no premian solo técnica; premian el pulso de una sociedad. El formato de la gala ha cambiado poco en casi cuarenta ediciones. La retransmisión en directo por Televisión Española es un espectáculo en sí misma: discursos que se alargan, risas forzadas, algún que otro patinazo y, sobre todo, ese momento en el que el ganador de Mejor Película sube al escenario con el equipo al completo. Es entonces cuando se ve la verdad del cine: un trabajo colectivo donde el director es solo la punta del iceberg. Detrás están los guionistas que reescribieron el final veinte veces, los técnicos que iluminaron una escena clave en tres horas de rodaje y los actores que se dejaron la piel en un plano secuencia de cinco minutos. Pero los Goya también tienen sus sombras. Críticas por falta de diversidad, polémicas por votaciones sospechosas y, en los últimos años, el debate sobre si deberían abrirse a producciones en otras lenguas del Estado. La Academia ha intentado modernizarse —ahora hay más mujeres en el jurado, se han creado categorías para cortometrajes y documentales—, pero el cine español sigue siendo un ecosistema pequeño donde todos se conocen. Eso se nota. Hay años en los que los premios parecen repartidos de antemano, como si las productoras hubieran hecho sus apuestas antes de que se apagara la luz del teatro. La estatuilla, diseñada por el escultor Miguel Ortiz Berrocal, representa a Goya pintando *La maja desnuda*, un guiño a la rebeldía y la libertad creativa. No es casualidad que el premio lleve su nombre. El pintor de Fuendetodos fue un maestro de la luz y la sombra, de lo grotesco y lo sublime, igual que el cine español: capaz de pasar de la comedia más absurda a un drama histórico en dos películas seguidas. La gala de 2023 lo dejó claro. *As bestas*, de Rodrigo Sorogoyen, arrasó con nueve premios, incluyendo Mejor Película y Mejor Director. La cinta, un thriller rural sobre la violencia y la codicia, demostró que el cine español puede ser tan universal como el mejor cine europeo. Pero también hubo sorpresas: *Cinco lobitos*, de Alauda Ruiz de Azúa, se llevó el Goya a Mejor Guion Original, un reconocimiento a una historia íntima y femenina que conectó con el público. Eso es lo interesante de los Goya: nunca sabes si el jurado va a apostar por el éxito de taquilla, por el cine de autor o por esa película pequeña que nadie esperaba. Al final, lo que sí está claro es que los Goya siguen siendo el espejo de un cine que no se rinde. Aunque la industria española tenga menos presupuesto que Hollywood, menos salas que Francia y menos tradición que Italia, ahí está: peleando por contar historias que importan. Y eso, al final, es lo único que justifica un premio. Los Goya son un recordatorio de que, en el cine, no solo se trata de entretenimiento, sino de reflejar la sociedad y desafiarla. Y en ese sentido, su relevancia va más allá de la propia industria cinematográfica.
🎬 Premios BAFTA
La alfombra azul de la Royal Opera House vibra bajo los focos cuando la pantalla muestra los nombres de los nominados; la expectación se corta en el aire como una nota sostenida. Esa noche de febrero, el anuncio de los BAFTA se convierte en el primer termómetro de la temporada, adelantando con más precisión que los Globos de Oro quién podría alzarse con el Oscar un mes después. Fundada en 1947 por figuras como David Lean y Laurence Olivier, la Academia Británica creó estos galardones para honrar el talento local. Con los años, el premio ha cruzado el Atlántico, convirtiéndose en un puente entre la industria británica y Hollywood, dos mundos que comparten idioma pero rara vez hablan el mismo lenguaje. El espectáculo prescinde de la pompa ostentosa de los Oscar. No aparecen presentadores de renombre ni números musicales que alarguen la velada; lo que sí hay es un público formado por actores, directores y técnicos que aplauden con conocimiento de causa, no por protocolo. Las categorías van más allá del mejor actor o película: casting, sonido, efectos visuales discretos pero esenciales forman parte del menú. Esa amplitud recuerda que el cine no se reduce a los rostros que aparecen en los carteles. Este año la ceremonia volvió a demostrar por qué sigue siendo relevante. Mientras otros premios se ahogan en polémicas de diversidad o discursos políticos que eclipsan a los galardonados, los BAFTA mantienen un equilibrio incómodo pero necesario: reconocen el mérito sin pretender ignorar las grietas del sistema. Cuando *The Zone of Interest* se llevó los premios técnicos, no fue solo un triunfo artístico; fue una declaración de principios. El cine británico, históricamente más cercano al realismo que al espectáculo, premia aquí historias que incomodan y exigen al espectador más que pasividad. Un detalle que pocos resaltan define el espíritu de estos premios: los discursos están limitados a 40 segundos. No se trata de tacañería, sino de respeto por el tiempo de los demás. En una noche donde cada minuto cuesta miles de libras en producción, esa regla habla de una industria que valora el trabajo sobre el ego. En esos breves intervalos, algunos logran condensar más emoción que en monólogos de tres minutos. Basta recordar la intervención de Kate Winslet en 2009, cuando dedicó su premio a “todos los que creyeron en *The Reader* cuando nadie más lo hacía”. Conciso, humano y directo. Los BAFTA también tienen su sombra. Durante décadas la Academia fue criticada por la falta de diversidad entre nominados y miembros. El cambio ha sido lento, pero palpable. En 2020, Chloé Zhao rompió barreras al ganar mejor dirección con *Nomadland*, un reconocimiento que no fue un gesto simbólico sino la validación de una cineasta que demostró que el cine independiente puede competir con cualquier blockbuster. Ese mismo año, *Rocks* arrasó en categorías como mejor casting y mejor guion británico, evidenciando que historias de jóvenes negras en Londres encuentran aquí su espacio. A mi juicio, lo que más sorprende de los BAFTA no son los trofeos, sino lo que revelan sobre el cine británico. No es un cine de grandes presupuestos, pero sí de grandes ideas. Películas como *This Is England* o *Fish Tank* jamás habrían encontrado financiación en Hollywood, pero aquí no solo se hacen: se premian. La Academia entiende que el cine es espejo, no solo entretenimiento. Y a veces, ese espejo refleja una realidad que otros premios prefieren ocultar.
🌴 Festival de Cannes
La alfombra roja se desenrolla sobre el paseo de La Croisette como un río de seda bajo el sol de mayo. Es el escenario perfecto para un encuentro entre cineastas de todo el mundo, donde un cortometraje iraní puede codearse con un blockbuster de Hollywood y donde un primerizo puede robarle el protagonismo a un veterano con dos Oscars en la repisa. Cannes no premia películas; premia el riesgo, la audacia, la mirada que nadie más se atrevió a filmar. Y en el centro de ese huracán de flashes y susurros, la Palma de Oro brilla como un faro: no es un trofeo, es una declaración de principios. Desde 1946, el Festival de Cannes ha sido el escenario donde el séptimo arte se viste de gala para rendir cuentas. No es casualidad que su nacimiento coincidiera con el fin de la Segunda Guerra Mundial: Francia, herida pero orgullosa, quiso demostrar que la cultura podía ser un arma de reconstrucción. Lo que empezó como un gesto político se convirtió en el evento cinematográfico más influyente del planeta. Aquí no hay cuotas ni favoritismos geográficos; lo que importa es la película, su capacidad para conmover, indignar o dejar sin aliento. El jurado, compuesto por cineastas, actores y personalidades del arte, tiene una misión casi imposible: elegir una sola obra entre cientos que aspiran a lo mismo. Y sin embargo, cada año, cuando el presidente del jurado levanta la Palma al cielo, el mundo entero contiene la respiración. Pero Cannes no es solo la competencia oficial. Es un ecosistema de secciones paralelas donde conviven el cine de autor más arriesgado, los cortometrajes que nadie verá en salas comerciales, las óperas primas que podrían ser el próximo fenómeno y hasta el cine más transgresor. Mientras los fotógrafos persiguen a las estrellas en la alfombra, en salas oscuras a pocos metros de distancia, un puñado de espectadores descubre joyas que tardarán años en llegar a las pantallas convencionales. Es esa dualidad —el glamour y la vanguardia, el negocio y el arte— lo que hace de Cannes algo único. Aquí, un director puede firmar un contrato millonario por la mañana y presentar una película sin concesiones por la tarde. La Palma de Oro no es un premio cualquiera. Su diseño, inspirado en las hojas de palma de la ciudad de Cannes, pesa casi un kilo y medio de oro de 18 quilates. Pero su verdadero valor no está en el metal, sino en lo que representa: el reconocimiento de que esa película ha logrado algo extraordinario. Ganarla no garantiza éxito comercial —de hecho, muchas de las cintas premiadas son difíciles de ver en salas—, pero sí un lugar en la historia. Nombres como Fellini, Antonioni, Scorsese, Almodóvar o Jane Campion tienen su rincón en el palmarés, pero también lo tienen directores desconocidos que, de la noche a la mañana, se convirtieron en referentes. Cannes no sigue tendencias; las crea. El festival tiene sus sombras, claro. La polémica es tan parte de su ADN como la alfombra roja. Cada año hay acusaciones de elitismo, de falta de paridad en los jurados, de películas que pasan desapercibidas por no ajustarse al gusto de los programadores. En 2023, la ausencia de directoras en la competencia oficial generó un debate que trascendió el cine y llegó a los titulares internacionales. Pero Cannes no es perfecto, y eso es lo que lo mantiene relevante. Cuando el mundo discute si el cine está muerto o solo está mutando, Cannes sigue siendo el lugar donde esa pregunta se responde con imágenes, no con palabras. La forma en que el festival se desarrolla es casi ritual. La alfombra roja se desenrolla, los paparazzi se lanzan a la caza de las estrellas, y el público se apiña en las salas para descubrir las joyas ocultas. Es un espectáculo que repele y atrae al mismo tiempo, un recordatorio constante de que el cine es un arte que puede ser bello y brutal, emocionante y perturbador. Y en el centro de ese huracán, la Palma de Oro brilla como un faro, un símbolo de la libertad creativa y de la pasión por el arte que define a Cannes.
🗿 Premios César
Los César: el termómetro del cine francés que nadie se atreve a ignorar París, febrero de 1976. Un hombre con traje de etiqueta sube al escenario con un sobre en la mano. No es un Oscar, ni un Goya, ni un BAFTA. Es un César, la estatuilla que desde esa noche se convertiría en el termómetro más fiable de lo que late en el cine francés. La silueta de bronce de 30 centímetros, diseñada por César Baldaccini, sostiene un rollo de película, simbolizando que aquí no se premia solo el arte, sino la industria que lo hace posible. La Academia de las Artes y Técnicas del Cine de Francia no se anda con rodeos. Desde su primera edición, los César han sido un espejo incómodo: reflejan los éxitos, sí, pero también las crisis, los debates y hasta los escándalos que sacuden al cine galo. La ceremonia se ha visto marcada por momentos de gran tensión, como en 2020, cuando se canceló debido a las protestas de los chalecos amarillos, o en 2022, cuando la ganadora a Mejor Actriz, Valérie Lemercier, dedicó su premio a "todas las mujeres que no se atreven a hablar" en plena ola del #MeToo. Estos momentos revelan que los César son un termómetro social, un reflejo de las preocupaciones y debates de la sociedad francesa. Pero, ¿por qué importan los César? Porque Francia no es Hollywood. Aquí no se mide el éxito solo en taquilla o en secuelas infinitas. Los César premian el riesgo, la autoría y, sobre todo, esa mezcla imposible de elegancia y caos que define al cine francés. Películas como *La vida de Adèle* (2013) o *Intocable* (2011) han arrasado con estatuillas, demostrando que los franceses no tienen miedo a mezclar lo popular con lo intelectual. Esto es algo que los César celebran, y que los distingue de otros premios cinematográficos. Sin embargo, no todo es gloria. La Academia ha tenido que lidiar con acusaciones de elitismo y con polémicas por la falta de diversidad. En 2023, la ausencia de películas dirigidas por mujeres en la categoría de Mejor Película encendió los ánimos. La respuesta, como siempre, es compleja: el sistema francés, con sus subvenciones estatales y sus redes de influencia, no se cambia de la noche a la mañana. Pero los César, al menos, obligan a mirarse al espejo, a cuestionar las estructuras y a buscar un cambio. La ceremonia en sí es un espectáculo aparte. Menos pomposa que los Oscar, pero igual de cargada de simbolismo. Los discursos de los ganadores a menudo duran más que las películas nominadas, y pueden ser verdaderamente impactantes. En 2017, Omar Sy dedicó su premio a "todos los que creen que el cine es solo para unos pocos". En 2019, el director Roman Polanski, acusado de abuso sexual, ganó Mejor Director por *El oficial y el espía*, desatando una tormenta de críticas y dimisiones en la Academia. Los César no son un concurso de popularidad: son un ring donde se pelean las contradicciones de una industria. Finalmente, está el público. Los franceses, que adoran el cine pero no se callan una crítica, ven la gala como un evento nacional. La transmisión en vivo de la ceremonia es un momento de gran expectación, y las redes sociales se llenan de comentarios y debates sobre los ganadores y los perdedores. En este sentido, los César son un reflejo no solo de la industria cinematográfica, sino de la sociedad francesa en general, con todas sus complejidades y contradicciones.
🎪 Premios del Cine Europeo (EFA)
El olor a café recién hecho se mezclaba con el murmullo de vestuario en el Teatro de la Ópera de Berlín en diciembre de 1988. Fue un momento crucial para el cine europeo, pues un grupo de cineastas se preguntaba si aquel experimento aguantaría más de tres ediciones. La respuesta es un rotundo sí, ya que los Premios del Cine Europeo (EFA) no solo han sobrevivido, sino que se han convertido en el termómetro más fiable de lo que late en el continente. Historias que no caben en los márgenes de Hollywood, directores que filman con un pie en la tradición y otro en la vanguardia, y actores que eluden los estereotipos para encarnar personajes con cicatrices reales. Esto es lo que hace que los EFA sean tan especiales. La Academia Europea de Cine, con sede en Bruselas pero sin bandera concreta, nació como respuesta a un vacío. Mientras los Oscar celebraban el glamour de Los Ángeles y los César se aferraban a lo francés, Europa necesitaba un lugar al que llegaran el cine polaco y el italiano sin complejos, donde un cortometraje finlandés tuviera las mismas oportunidades que un drama español. Esto no era solo cuestión de premios, sino una declaración de principios. "El cine europeo no es un género, es una actitud", dijo Wim Wenders, presidente honorífico de los EFA en los 90. Y vaya si lo demostraron. La ceremonia de los EFA, que suele celebrarse en diciembre en un lugar diferente cada año, es un ritual con sus propias reglas no escritas. No hay alfombra roja interminable como en los Oscar, pero sí un público que sabe de qué va: productores que susurran cifras de taquilla en los descansos, directores que discuten sobre el último film de Haneke, y actores que, en lugar de posar para las cámaras, debaten sobre el futuro de las salas de cine. El premio físico, una escultura minimalista de un hombre con los brazos abiertos diseñada por Markus Lüpertz, pesa más por lo que representa que por su tamaño: es el reconocimiento de una industria que se niega a ser devorada por los blockbusters. Lo que hace únicos a los EFA no son solo los nombres que aparecen en los carteles, aunque ahí están, desde Juliette Binoche hasta Michael Haneke, pasando por Pedro Almodóvar o la rumana Cristi Puiu. Lo que realmente hace que los EFA sean especiales es la capacidad para anticipar tendencias. El premio a mejor película europea suele caer en manos de cintas que luego arrasan en festivales como Cannes o Venecia, pero con un matiz: aquí no hay que contentar a jurados heterogéneos ni a mercados globales. En 2016, *Toni Erdmann*, una comedia alemana sobre un padre y una hija que nadie esperaba que triunfara, se llevó el galardón principal. No era un drama social ni una película de época: era una historia incómoda, divertida y profundamente humana. Justo el tipo de cine que los EFA han defendido desde el principio. Las categorías de los EFA, aunque menos numerosas que las de los Oscar, están pensadas para reflejar la diversidad del continente. No hay un "mejor película extranjera" porque todas lo son, y el premio a mejor comedia europea, instaurado en 2013, reconoce que el humor no tiene por qué ser sinónimo de chiste fácil. También hay espacio para el documental, el cortometraje y, desde 2020, una categoría dedicada a la serie europea, un guiño a cómo ha cambiado el consumo de historias. Eso sí, el premio a mejor actor y actriz sigue siendo el más reñido: en 2022, la francesa Vicky Krieps se impuso a Penélope Cruz en una votación que dejó claro que, en Europa, el talento no entiende de fronteras. Pero no todo es brillo. Los EFA también han sido escenario de polémicas que revelan las tensiones del cine europeo. En 2019, por ejemplo, se levantó la polémica sobre la selección de las nominadas a la categoría de mejor actriz. ¿Quién se lleva el galardón? ¿Quién es el mejor director? Estas preguntas no solo reflejan los desafíos de la industria del cine, sino también la compleja realidad de Europa en la actualidad.