Patatas fritas de airfryer: el truco que nadie te cuenta (y que las hace adictivas)
La primera vez que probé unas patatas fritas hechas en la freidora de aire, casi tiro la toalla con la sartén. No era solo que estuvieran crujientes —que lo estaban—, sino que el interior se deshacía en la boca como si llevaran horas cociéndose a fuego lento. Y lo mejor: ni gota de ese aceite que luego te deja la cocina oliendo a fritanga hasta el día siguiente. Pero hay un detalle que marca la diferencia entre unas patatas decentes y esas que desaparecen del plato en dos minutos: el secado.
No es exagerar. Si las lavas y las metes húmedas en la airfryer, el vapor las cuece en lugar de dorarlas. El resultado son patatas blandas por fuera, como si les hubieran echado un maleficio. La solución es sencilla: escúrrelas bien, sécalas con papel de cocina y déjalas al aire cinco minutos más. Verás cómo el crujiente se multiplica.
Otro error común es cortarlas a ojo. Unas gruesas, otras finas, algunas en forma de rombo… y luego te quejas de que no quedan uniformes. Usa un cortador de patatas o un cuchillo afilado y mide: trozos de 1,5 cm de grosor, más o menos. Si son muy finas, se quemarán; si son muy gruesas, quedarán crudas por dentro. Y no, no hace falta pelarlas —la piel, bien lavada, aporta textura y sabor—.
La cesta de la airfryer no es un cajón de sastre. Si la llenas hasta arriba, el aire caliente no circulará y las patatas sudarán en lugar de dorarse. Máximo dos capas, y si tienes que hacer varias tandas, mejor. El tiempo varía según el modelo, pero con 20-25 minutos a 200°C (removiendo a mitad de cocción) suelen quedar en su punto. Eso sí: vigílalas los últimos cinco minutos, porque cada freidora tiene su propia personalidad.
Para el aliño, menos es más. Un chorrito de aceite de oliva virgen extra —solo para que la sal y el ajo en polvo se peguen—, una pizca de pimentón dulce si te gusta el toque ahumado, y listo. Nada de bañarlas en aceite: la airfryer no es una freidora tradicional, y si te pasas, quedarán empapadas. El ajo en polvo, por cierto, es mejor que el fresco en este caso: se tuesta sin quemarse y reparte el sabor de forma homogénea.
¿El resultado? Unas patatas que piden a gritos acompañar un filete, una hamburguesa o incluso un huevo frito. Pero ojo: una vez que las pruebas así, es difícil volver a las de bolsa. La mía la tiene tomada con las patatas congeladas —y no pienso ceder—.