Chat Montblanc
Vila medieval amurallada de la Conca de Barberà, referente del turismo cultural.
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Sobre Montblanc
Los domingos a las nueve y media, cuando el Barça juega en abierto, la sala huele a café recién hecho y a discusiones que llevan tres décadas repitiéndose. Jordi, que se conecta desde un pueblo de Lleida con un nick que arrastra desde el mIRC de los 90, suelta el primer "¡Árbitro, que te crió una cabra!" antes incluso de que el balón ruede. No es el único: hay media docena de voces que aparecen solo para los partidos, tipos que trabajan en hostelería y se escabullen cinco minutos al almacén para soltar un "esto es un robo" con la misma pasión que si estuvieran en el Camp Nou. La primera vez que entró aquí fue por error, buscando una sala de *Star Wars* en 2008, pero se quedó porque alguien le dijo que en Montblanc se hablaba de fútbol como en el bar de la esquina, pero sin que nadie te cobrara la cerveza.
Aquí se discute de todo, pero siempre con un pie en la Conca de Barberà y otro en el teclado. Los lunes, el tema estrella es el turismo: si la muralla aguanta otro verano de selfies, si el ayuntamiento debería prohibir los grupos de guiris que gritan en la plaza Mayor, o si el restaurante de la esquina sigue sirviendo el mejor *calçot* de la comarca (spoiler: no, pero nadie se atreve a decírselo al dueño, que es primo de alguien). Los miércoles, cuando baja el ritmo, salen a relucir los temas serios: la despoblación, los jóvenes que se van a Reus o Tarragona, o ese vecino que puso una antena parabólica más grande que su casa. Y luego están los debates eternos, como el del nombre del pueblo: ¿se dice "Montblanc" o "Mont Blanc" como el bolígrafo? (La guerra está servida). Entre tanto, no falta quien suelta un chiste malo sobre el *castell* humano que se cayó en 2015 o alguien que pregunta si aún funciona el cibercafé de la calle Major, como si esto no fuera ya un cibercafé gigante.
Lo que hace única a esta sala es que aquí no hay turistas, aunque el pueblo los tenga a montones. Los regulares distinguen al instante a un forastero por cómo pregunta: si dice "¿dónde se come bien?" en lugar de "¿aún sirven las *mandonguilles* en Can Pujol?", ya sabes que es de fuera. Hay un código no escrito: si mencionas la fiesta de la *Llegenda de Sant Jordi*, alguien te responderá con un "¡y el dragón era de cartón piedra!" antes de que acabes la frase. Los viernes por la noche, cuando la mayoría de salas están vacías, aquí se arma la tertulia: desde política local (con nombres y apellidos) hasta si el nuevo alcalde debería haber plantado más árboles en el paseo. Y si alguien suelta un "aquí antes se vivía mejor", siempre habrá otro que le recuerde que en los 80 el pueblo olía a curtidos y que ahora al menos huele a *cremat*.
Para entrar, basta con un nick y un cliente IRC (móvil, PC, hasta desde una Raspberry Pi). No hace falta registro, ni correo, ni dar explicaciones: si quieres hablar de la última remodelación de la plaza o del partido del Barça, aquí estás en casa. La sala funciona igual que en 2007, sin algoritmos ni likes, solo con gente que escribe porque tiene algo que decir. Y lo raro no es que te respondan en los primeros dos minutos, sino que alguien no lo haga: aunque sea para mandarte a freír espár