Chat La Canonja
Municipio joven del Camp de Tarragona segregado de Tarragona en 2010, con industria.
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Sobre La Canonja
Los viernes a las ocho y media, cuando el turno de noche en la petroquímica ya huele a café de máquina y a ganas de acabar, Jordi se conecta desde el móvil con el nick *Canonja82*. No es que tenga mucho que decir, pero sabe que a esa hora la sala está llena de los mismos que llevan años soltando pullas sobre el alcalde, el precio del butano o por qué el Barça sigue fichando mediocentros en vez de un nueve. Él llegó en 2012, recién separado y con la necesidad de soltar lo que no podía gritar en el piso de alquiler de Reus. Volvió porque aquí, entre insultos al árbitro y debates sobre si el polígono industrial huele más a gasolina o a desesperanza, encontró algo que no esperaba: gente que no le juzgaba por trabajar en lo que trabajaba ni por votar a quien votaba. "Aquí hasta el más cabrón te pregunta cómo estás antes de soltar la hostia", suele decir, aunque luego sea él quien empiece la discusión sobre si el nuevo McDonald’s del centro comercial es una traición a la tortilla de patatas de toda la vida.
Lo que pasa en *La Canonja* no es tertulia de bar, es el bar después de la tertulia, cuando ya solo quedan los que no tienen prisa por llegar a ningún sitio. Se habla de fútbol, sí, pero no del Madrid-Barça —aquí el clásico es el Nàstic contra el Reus Deportiu, y si metes un gol fantasma en el FIFA 22 te lo van a recordar hasta que te mueras—. La política se cuece a fuego lento: alguien suelta que el ayuntamiento vuelve a subir el IBI y en cinco minutos tienes a tres defendiendo que es por la deuda de la piscina municipal y a otros dos diciendo que es culpa de los "separatistas de Tarragona" (aunque La Canonja se separó de Tarragona en 2010 y aquí eso aún duele). Los temas serios —como el curro— se mezclan con memes de la fábrica de Seat o con alguien preguntando si alguien sabe de pisos en alquiler que no cuesten un riñón. Y luego está lo otro: los que entran a las tres de la mañana para soltar que no pueden dormir, que el jefe les tiene fritos o que su hijo se va a Alemania a currar en un almacén de Amazon. Nadie les dice "ánimo", pero todos leen el mensaje y alguien responde con un "joder, tío" o un enlace a un chiste malo de WhatsApp. Aquí no se edulcora nada.
Lo que hace única a esta sala es que no es ni de pueblo ni de ciudad, sino de ese limbo industrial donde la gente vive entre rotondas y chimeneas. Los regulares se reconocen por cómo insultan: no es lo mismo decir "hijo de puta" que "hijo de la gran puta de la Pineda", y si alguien menciona el "Puig i Ferreter" (el bar de toda la vida) sin haber pisado La Canonja, le van a caer encima como si hubiera blasfemado en misa. Hay tradiciones absurdas, como el "día del bocadillo de calamares", en el que todos comparten fotos de sus comidas de gasolinera, o el ritual de maldecir al tren de cercanías cada vez que se retrasa (que es siempre). Y luego está el humor negro: si alguien suelta que se va a vivir a Tarragona, le responden con un "¿Y por qué no te tiras al puerto directamente?". Nadie se ofende. O sí, pero da igual, porque al día siguiente están todos otra vez ahí, como si el chat fuera el único sitio donde pueden ser ellos mismos sin filtros.
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