Madrid se rindió anoche. No hubo un solo espectador en el WiZink Center que no llevara el ritmo marcado por Alejandro Sanz, ni un solo rincón del pabellón donde no resonara su voz. El artista, de vuelta a los escenarios con la fuerza de quien sabe que el tiempo no pasa en vano, ofreció un concierto que no fue solo un recital, sino una declaración de principios: a sus 55 años, sigue siendo el dueño de las melodías que han definido generaciones.
Un repertorio que hizo historia
El setlist fue un viaje en el tiempo, pero sin nostalgia barata. Sanz abrió con los acordes de su último trabajo, demostrando que su música no envejece, se transforma. Canciones como "No tengo nada" o "La música no se toca" sonaron frescas, como si las hubiera compuesto ayer, pero fue en los clásicos donde el público enloqueció. "Corazón partío" paralizó el recinto. No hubo micrófono que pudiera competir con los miles de voces que corearon cada estrofa, ni luz que brillara más que los móviles alzados en el estribillo. Y cuando llegó "Quisiera ser", hasta el personal de seguridad se detuvo a escuchar.
Lo mejor no fue lo que cantó, sino cómo lo hizo. Sanz no se limitó a interpretar: reinventó. Los arreglos, más crudos y directos que en versiones anteriores, le dieron a temas como "Amiga mía" o "Mi soledad y yo" una intensidad que muchos no recordaban. "Esto no es un concierto, es una terapia colectiva", soltó entre canciones, y el público le respondió con ovaciones que duraron minutos.
El público, el verdadero protagonista
Si algo quedó claro anoche es que los fans de Sanz no son espectadores, son cómplices. Desde el primer acorde, el WiZink Center se convirtió en un coro gigante. No hubo silencio incómodo, ni esos segundos de duda que a veces se cuelan en los conciertos. Aquí, cada pausa era una invitación a cantar más fuerte, cada mirada del artista una señal para corear el siguiente verso. Cuando Sanz pidió que apagaran las luces de los móviles para "ver de verdad" a quienes tenía delante, el gesto no fue cursi, sino necesario: en la oscuridad, solo quedaron las voces.
Y vaya voces. No importaba si eras de los que llevan treinta años esperando este momento o de los que descubrieron su música en TikTok: todos sabían la letra. Hasta los más jóvenes, esos que llegaron por el reel de turno, se aprendieron los estribillos como si llevaran toda la vida tarareándolos. "Esto es lo que pasa cuando haces canciones que la gente siente como propias", dijo Sanz en un momento de calma. No era falsa modestia. Era un hecho.
Un artista que no se rinde
Hay algo en Alejandro Sanz que va más allá del talento. Es esa capacidad de conectar con el público sin necesidad de artificios, de llenar un estadio sin recurrir a pirotecnia o coreografías ensayadas. Anoche, su mayor efecto especial fue su voz: áspera en los agudos, cálida en los susurros, siempre precisa. Y su presencia en el escenario, esa mezcla de elegancia y desparpajo que solo tienen los que han vivido demasiado para tomarse en serio, pero no tanto como para dejar de disfrutar.
Entre canción y canción, hubo espacio para el humor ("¿Sabéis que esto de cantar es como montar en bici? Si te caes, te partes la boca", bromeó) y para la emoción. Cuando dedicó "Cuando nadie me ve" a su madre, el silencio fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. No hizo falta más. Sanz sabe que las grandes canciones no necesitan explicaciones.
El cierre fue épico, como todo lo que rodea a este artista. "Y, ¿si fuera ella?" sonó con una energía que dejó claro que, después de tres décadas en la música, Alejandro Sanz no tiene intención de bajar el listón. Al contrario: cada concierto parece una nueva apuesta, un recordatorio de que el pop en español no se escribe en estudios de grabación, sino en noches como esta, donde miles de personas cantan al unísono y el mundo, por unas horas, parece un lugar menos complicado.
Madrid se despertó hoy con la resaca de un concierto que no fue solo un espectáculo, sino un reencuentro. Y lo mejor es que Sanz no parece dispuesto a despedirse. Al menos, no todavía.




