Pablo Álvarez: el astronauta español que abre la puerta a la Luna

El módulo de descenso de la Soyuz se balanceó como un péndulo antes de tocar tierra en las estepas de Kazajistán. Dentro, Pablo Álvarez Fernández apretó los dientes mientras los paracaídas frenaban la caída a 500 km/h. 180 días en la Estación Espacial Internacional (ISS) terminaban así, con un aterrizaje que más parecía un choque controlado. Cuando la escotilla se abrió, el aire frío de la madrugada le golpeó la cara. Respiró hondo. Era el primer astronauta español de la ESA en regresar de una misión de larga duración.

De León a las estrellas

Álvarez, ingeniero aeronáutico de 36 años, no llegó a la ESA por casualidad. En 2022, la agencia recibió 22.500 solicitudes para su última convocatoria. Solo cinco nombres pasaron el corte: el suyo fue uno de ellos. "No es un trabajo, es una obsesión", confesó en una entrevista antes de partir. Y vaya si lo demostró.

El entrenamiento en el Centro Europeo de Astronautas (EAC) de Colonia no perdona. Microgravedad en la piscina gigante, simulacros de incendio en la ISS, pruebas con trajes que pesan 120 kilos en Tierra. "Te das cuenta de que el espacio no es para héroes, sino para quienes saben trabajar en equipo cuando todo se tuerce", explicó en su último tuit antes del lanzamiento. No mentía: durante su estancia en la ISS, su tripulación resolvió una fuga de amoníaco en el sistema de refrigeración y reparó un panel solar dañado.

La ESA juega en otra liga

El programa de astronautas europeo no es un capricho. La ESA invierte 7.200 millones de euros anuales en exploración espacial, y su estrategia es clara: dejar de ser el socio menor de la NASA. La última selección de astronautas —que incluyó, por primera vez, a un candidato con discapacidad física— no fue un gesto simbólico. Fue una declaración de intenciones.

España, aunque llegó tarde a la carrera espacial, ha ido ganando peso. Pedro Duque abrió camino con sus dos misiones (1998 y 2003), pero Álvarez representa algo distinto: la primera generación de astronautas europeos que podría pisar la Luna. "Si la ESA consigue un asiento en el programa Artemis, no me extrañaría ver a un español en la tripulación", admite un alto cargo de la agencia. Y no es una exageración: la contribución europea al módulo lunar Gateway —clave para las misiones Artemis— da derecho a al menos tres plazas en futuros viajes.

El futuro no es Marte (todavía)

Mientras la NASA vende la idea de colonizar Marte, la ESA tiene los pies en la Tierra. Bueno, en la Luna. "El satélite es el paso intermedio lógico", explica Álvarez. "Allí probaremos tecnologías para misiones más largas, como la extracción de agua del hielo lunar o la construcción de bases con impresoras 3D".

Pero el espacio no es solo ciencia. También es geopolítica. China avanza con su estación Tiangong, Rusia amenaza con abandonar la ISS, y empresas como SpaceX y Blue Origin compiten por contratos millonarios. En este tablero, Europa no puede permitirse quedarse atrás. "Si queremos tener voz en el futuro, necesitamos astronautas propios. Y no solo para misiones científicas: para negociar, para liderar", señala un analista del sector.

Álvarez lo sabe. Por eso, tras su regreso, no ha hablado de descanso. En su agenda ya figura una gira por universidades españolas para "inspirar a la próxima generación". Y aunque evita confirmar si será él quien pise la Luna, sus compañeros no dudan: "Pablo tiene la cabeza fría y las manos rápidas. Si hay que elegir a alguien para el primer alunizaje europeo, será él".

Mientras tanto, en Kazajistán, el equipo de recuperación ayuda a los astronautas a salir de la cápsula. Álvarez sonríe, aunque sus piernas tiemblan. 180 días en gravedad cero pasan factura. Pero cuando le preguntan cómo se siente, responde con una sola palabra: "Listo".