Las llamas no entienden de ideologías, pero la política sí. Mientras el humo de los incendios forestales sigue cubriendo gran parte del territorio español, el debate se ha desplazado de los montes a los despachos. No se trata solo de apagar fuegos, sino de decidir quién tiene la culpa de que el paisaje esté cada vez más vulnerable.

El Gobierno ha lanzado un dardo directo a la oposición, señalando que el negacionismo climático impide alcanzar un pacto de Estado para la prevención de catástrofes. La postura es clara: sin un consenso sobre el cambio climático, la lucha contra los incendios será siempre reactiva y nunca preventiva. Mientras tanto, la oposición ha respondido con un discurso que se centra en la gestión política y la corrupción, evitando la etiqueta de 'cambio climático' al referirse a las condiciones meteorológicas que alimentan las llamas.

Esta división política tiene consecuencias tangibles. La falta de unidad frente a la emergencia climática deja a las comunidades afectadas en una situación de vulnerabilidad. La retórica de 'todos contra el fuego' se queda corta cuando la unidad política parece haber desaparecido. Es frustrante ver cómo la gestión de los recursos y la prevención de desastres se ven entorpecidas por la crispación constante entre el Ejecutivo y el Partido Popular.

La realidad del terreno es cruda. Aunque se ha logrado aliviar la situación en algunas zonas gracias a la mejora de las condiciones, la mortalidad y los daños materiales siguen siendo una preocupación constante. La gestión de los incendios no puede ser un campo de batalla electoral. Si la política se limita a culpar al clima o a la gestión del otro, la prevención será siempre un mito.

La crisis climática ya no es una teoría de laboratorio; es un evento recurrente que quema hectáreas y transforma el paisaje. El problema es que, mientras los políticos se disputan el relato de la responsabilidad, el terreno se queda sin protección. Si no hay un frente común, el verano que viene será exactamente igual de destructivo que este. La política debería servir para coordinar la respuesta, no para fragmentar la capacidad de acción ante la naturaleza.