Las baterías de estado sólido son, desde hace años, la tecnología más prometida y más pospuesta del sector del coche eléctrico. Su potencial es real: mayor densidad energética, menor riesgo de incendio, tiempos de carga más cortos y mayor longevidad. El problema es que pasar del laboratorio a la producción en serie ha resultado mucho más difícil de lo previsto.
Por qué son mejores (en teoría)
Las baterías actuales de ion-litio usan un electrolito líquido para mover los iones entre ánodo y cátodo. Este líquido es inflamable, se degrada con el tiempo y limita la velocidad de carga. Las baterías de estado sólido sustituyen ese electrolito líquido por uno sólido, lo que permite usar ánodos de litio metálico —mucho más energéticos— y elimina el principal riesgo de incendio.
El reto de la producción industrial
Fabricar una celda de estado sólido en laboratorio es relativamente sencillo. Producirlas en millones de unidades con la uniformidad y el coste que requiere un vehículo de consumo masivo es otro reto. Los problemas incluyen la expansión y contracción del litio metálico en los ciclos de carga-descarga, la dificultad de fabricar el electrolito sólido sin microfracturas y el coste de los materiales.
¿Quién está más cerca?
Toyota lleva años anunciando fechas para su batería de estado sólido. QuantumScape, con respaldo de Volkswagen, y Solid Power, con inversión de BMW y Ford, han presentado celdas de prueba con resultados prometedores en entornos controlados. Ninguno ha alcanzado aún la producción en serie para vehículos de consumo masivo.
Cuándo esperar coches con esta tecnología
Las estimaciones más optimistas del sector sitúan la llegada de los primeros vehículos con baterías de estado sólido en producción limitada entre 2027 y 2030. La producción masiva a precio competitivo es, según la mayoría de analistas, un objetivo de la década de 2030.