El atletismo español: la élite que nadie vio venir

Madrid, 12 de octubre de 2023 — El tartán de Eugene olía a goma quemada cuando Asier Martínez cruzó la meta en séptima posición de los 110 metros vallas del Mundial. No era oro, pero era historia: el mejor resultado español en la prueba desde 1999. Ese detalle —apenas una línea en los resúmenes— resume lo que el atletismo español lleva décadas haciendo: colarse en la élite mundial sin hacer ruido, como un invitado que llega tarde a la fiesta y acaba robando el protagonismo.

De Cacho a Katir: la saga de los que no se rinden

Fermín Cacho no ganó su oro olímpico en Barcelona 92 por casualidad. Lo hizo con una estrategia tan calculada que hasta el viento parecía soplar a su favor: aceleró en la última curva como si llevara un motor escondido en las zapatillas. Aquella carrera —1:45.00 en los 1.500 metros— no fue solo una medalla; fue el pistoletazo de salida para una generación que demostró que España podía competir de tú a tú con Kenia, Marruecos o Estados Unidos.

Treinta años después, Mohamed Katir corre los 1.500 metros en 3:28.76, el tercer mejor tiempo de la historia. Pero lo más llamativo no es el crono, sino cómo lo hizo: en un mitin en Mónaco, con el público en silencio y el rival más temido del mundo —Jakob Ingebrigtsen— a su lado. Katir no se escondió. Le plantó cara, le aguantó la mirada en la recta final y le dejó claro que el medio fondo español sigue vivo. Y eso, en un deporte donde los márgenes se miden en centésimas, es casi un acto de rebeldía.

La fábrica de medallistas: donde el talento no se improvisa

Detrás de cada medalla hay un sistema que funciona. El CAR de Sant Cugat no es un gimnasio cualquiera: es el lugar donde María Vicente pasó de ser una promesa del heptatlón a batir el récord de España con 6.309 puntos. Donde Asier Martínez afinó su técnica de vallas hasta dejarla en 13.30 segundos —un tiempo que en los 80 habría sido oro olímpico—. Y donde los entrenadores no hablan de "sueños", sino de "procesos": series, pesos, fisioterapia y análisis de vídeo hasta la obsesión.

La red de centros de alto rendimiento —Madrid, Pontevedra, Guadalajara— es la columna vertebral de este modelo. No es perfecto: faltan recursos en algunas comunidades, los sueldos de los atletas son precarios y la burocracia a veces ahoga más que ayuda. Pero funciona. Y eso, en un país donde el deporte suele asociarse a fútbol y poco más, es una pequeña victoria.

  • El CAR de Sant Cugat: 120 atletas de élite, 40 entrenadores y un laboratorio de biomecánica que analiza cada zancada.
  • El CEAR de Madrid: especializado en lanzamientos y saltos, con una pista cubierta que permite entrenar en invierno sin congelarse.
  • Pontevedra y Guadalajara: focos de resistencia y marcha, donde se preparan los fondistas que luego brillan en maratones y 10.000 metros.

El relevo generacional: ¿hay vida después de los cracks?

El problema no es si hay talento. El problema es si ese talento aguanta el salto al profesionalismo. Los Campeonatos de Europa Sub-20 y Sub-23 son el termómetro: en 2023, España sumó 12 medallas en categorías junior. Doce. Pero de esos doce, ¿cuántos llegarán a ser figuras absolutas? La estadística es cruel: solo el 20% de los medallistas junior repiten éxito en categoría senior.

El caso de Jaël Bestué es ilustrativo. A los 18 años, batió el récord de España de 200 metros en pista cubierta. A los 20, ya era finalista europea. Pero el salto a la élite absoluta —donde los márgenes son mínimos y la presión máxima— es otro mundo. "No es lo mismo correr contra chavales de tu edad que contra atletas que llevan años en la élite", confesaba en una entrevista. "El cuerpo no responde igual, y la cabeza tampoco".

El atletismo español tiene un problema de fondo: no es un deporte glamuroso. No hay contratos millonarios, ni primas por ganar medallas, ni patrocinadores haciendo cola. Un atleta de élite en España vive con lo justo, y muchos tienen que compaginar entrenamientos con trabajos a media jornada. Eso explica por qué algunos talentos se pierden por el camino: porque a los 22 años, cuando deberían estar en su mejor momento, tienen que elegir entre seguir compitiendo o buscar un sueldo fijo.

El running: cuando el atletismo se hizo popular (y nadie lo esperaba)

Hace veinte años, correr un maratón era algo que hacían cuatro locos. Hoy, España tiene más de cuatro millones de corredores populares, y ciudades como Barcelona, Valencia o Sevilla organizan maratones con 20.000 participantes. El atletismo ya no es ese deporte minoritario que solo se ve en los Juegos Olímpicos: es un fenómeno social.

Pero hay un detalle curioso: mientras el running se masifica, el atletismo de élite sigue siendo invisible. La final de los 100 metros del Mundial no tiene ni de lejos el seguimiento que tiene un partido de la Liga. Y eso es un error. Porque detrás de cada corredor popular que se calza las zapatillas hay un niño que, en algún momento, soñó con ser como Fermín Cacho o como Ana Peleteiro. El atletismo no necesita más seguidores; necesita que esos seguidores sepan que, en la élite, España sigue siendo competitiva.

El año 2023 lo ha demostrado: medallas en Mundiales, récords de España y atletas que compiten de igual a igual con los mejores del mundo. Pero el verdadero reto no es ganar más medallas, sino que la gente las vea. Porque un deporte que no se ve, es un deporte que no existe.

Y el atletismo español, aunque algunos no se hayan dado cuenta, lleva décadas existiendo. Aunque sea a escondidas.