El arresto del productor reabre el debate sobre la seguridad en los sets y la impunidad en una industria en crecimiento
Tres denuncias por agresión sexual. Un nombre que hasta hace poco sonaba a premios y rodajes: Xavier Atance. Y una pregunta que nadie en el cine peruano puede esquivar: ¿cuántas historias como estas se quedaron en el silencio de un set?
El arresto del productor —figura clave en películas como *La bronca* o *El evangelio de la carne*— no es solo un escándalo judicial. Es el espejo roto de una industria que, mientras celebraba su "boom" internacional, arrastraba viejas prácticas en la sombra. Atance no es un caso aislado: es el síntoma de un sistema donde la confianza se confunde con complicidad y el talento se mide por encima de la ética.
El cine peruano ha crecido a golpe de festivales y taquilla, pero su cultura laboral sigue anclada en dinámicas que muchos dan por superadas. "Aquí todos sabían, pero nadie decía nada", confesó una asistente de producción a este medio, bajo anonimato. No es paranoia: es la crónica de una omertà que se repite desde los rodajes low-cost hasta las producciones con presupuesto de seis cifras. La diferencia ahora es que las víctimas ya no callan.
La confianza como moneda de cambio
Un set de cine es un ecosistema frágil. Horarios imposibles, jerarquías rígidas y la presión por "sacrificarse por el arte" crean el caldo de cultivo perfecto para los abusos. Atance lo sabía. Como lo saben otros productores, directores y técnicos que, en nombre de la "pasión por el cine", han normalizado desde comentarios lascivos hasta tocamientos en plena grabación.
El problema no es la creatividad. Es la impunidad. "En esta industria, si denuncias, te quedas sin trabajo", resume una montajista con más de una década en el sector. Y tiene razón: los protocolos contra el acoso existen, pero rara vez se aplican. ¿La excusa? "Son cosas de rodaje", "es que es muy sensible" o, la peor de todas, "así es el cine".
Pero el cine no tiene por qué ser así. Países como México o Argentina ya cuentan con comités independientes que investigan denuncias y protegen a las víctimas. En Perú, en cambio, las asociaciones gremiales —como la Asociación de Productores Cinematográficos (APCP)— se limitan a emitir comunicados de "preocupación" cuando el escándalo estalla. "Falta acción, no palabras", critica la directora Claudia Llosa, una de las pocas voces que ha alzado la voz públicamente.
¿Qué cambia después de Atance?
Las promesas llegan rápido. La APCP anunció "talleres de sensibilización" y la revisión de sus códigos de conducta. La Escuela de Cine de Lima prometió incluir módulos de ética profesional en sus planes de estudio. Incluso se habla de crear un "observatorio de derechos laborales" para el sector. Pero, como dice el refrán, del dicho al hecho hay mucho trecho.
El verdadero cambio no vendrá de los papeles, sino de la presión. Y aquí el público tiene un rol clave. Las nuevas generaciones de espectadores —especialmente las mujeres— ya no consumen cine como antes. No les basta con que una película sea buena: quieren saber cómo se hizo. ¿Hubo acoso en el rodaje? ¿Se pagó justo a los técnicos? ¿Se respetaron los horarios? Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Algunos proyectos ya lo están entendiendo. La serie *Conversación en La Catedral*, producida por Tondero, incluyó cláusulas antiacoso en sus contratos y designó a una persona encargada de recibir quejas. "No es caridad, es sentido común", explica su showrunner, quien prefiere mantenerse en el anonimato. "Si quieres que tu equipo rinda al máximo, no puedes permitir que trabajen con miedo".
El cine peruano en la encrucijada
Atance no es el primer productor acusado, ni será el último. Pero su caso ha dejado algo claro: el cine peruano ya no puede permitirse el lujo de mirar para otro lado. La industria tiene dos caminos: o se moderniza, o se queda atrapada en el mismo ciclo de abusos y silencios.
La transparencia no es un capricho. Es una necesidad. Países como Reino Unido o Canadá exigen certificados de "set seguro" para acceder a fondos públicos. En Perú, en cambio, aún se debate si siquiera vale la pena tener un protocolo. "Es como si estuviéramos en el siglo pasado", se queja una productora ejecutiva. "Mientras otros avanzan, nosotros seguimos discutiendo si el acoso es o no un problema".
El caso Atance no se resolverá en los tribunales. Se resolverá en los sets, en las escuelas de cine, en las oficinas de los productores. Y, sobre todo, en la conciencia de una industria que por fin parece dispuesta a dejar atrás la cultura del "aquí no pasa nada".
O eso, al menos, es lo que todos esperamos.




