Hay un ritmo que llevas escuchado desde hace años aunque no sepas su nombre técnico: el dembow. Es ese patrón de percusión sincopado, el bombo y el platillo que suena así, que está en el fondo de casi toda la música urbana latinoamericana de los últimos veinte años. Ese ritmo nació en Jamaica, cruzó el Atlántico en registros de vinilo, llegó a Puerto Rico en los años 90, y desde allí se extendió a todo el mundo de una forma que ningún experto de la industria musical hubiera podido predecir.
El reggaeton es uno de los fenómenos culturales más interesantes del siglo XXI precisamente porque nadie lo planificó. No surgió de una multinacional buscando el próximo gran género. Surgió de las calles, las viviendas de protección oficial, los carros que ponían la música a todo volumen, y los jóvenes que no se reconocían en ningún otro género musical.
Los orígenes: Jamaica, Panamá y el San Juan de los años 90
La historia oficial del reggaeton empieza en Puerto Rico, pero la historia real empieza antes y más lejos. A finales de los años 80, el dancehall jamaicano llegó a Panamá de la mano de la comunidad afrocaribeña, y artistas como El General empezaron a cantarlo en español. Esas grabaciones llegaron a Puerto Rico, donde la escena musical underground los adoptó, los mezcló con hip hop, electrónica y la tradición musical del Caribe hispanohablante, y fue creando algo nuevo.
Durante los años 90, el reggaeton existía en un espacio completamente al margen de la industria musical. Se distribuía en mixtapes caseros, se tocaba en fiestas clandestinas, se grababa en estudios improvisados. La radio no lo programaba. Las discográficas no querían saber nada de él. Era demasiado urbano, demasiado sexual, demasiado diferente a todo lo que existía. Y eso, paradójicamente, era exactamente su atractivo.
Artistas como Daddy Yankee, Tego Calderón, Don Omar y Wisin y Yandel fueron construyendo una audiencia fiel que no necesitaba los canales tradicionales de la industria porque ya tenía los suyos propios. Cuando en 2004 salió Gasolina, de Daddy Yankee, el reggaeton ya era un fenómeno con millones de seguidores. Gasolina no creó el género: lo presentó al mundo que todavía no lo conocía.
La explosión global y la era del streaming
Durante los años 2000 y 2010, el reggaeton fue creciendo de forma constante pero sin alcanzar el reconocimiento de la música pop mainstream anglosajona. Era enorme en Latinoamérica y en las comunidades latinas de Estados Unidos, y empezaba a filtrarse en Europa, especialmente en España. Pero la industria musical seguía tratándolo como un fenómeno regional, no como un producto global.
Lo que cambió todo fue la combinación de dos factores: el streaming y un artista de Puerto Rico llamado Bad Bunny. El streaming democratizó el acceso a la música de una forma que los ejecutivos de las discográficas tardaron en entender: de repente, el idioma del artista dejó de importar para el algoritmo. Si la canción enganchaba, el algoritmo la recomendaba. Y el reggaeton enganchaba.
Despacito, de Luis Fonsi con Daddy Yankee, se publicó en enero de 2017 y se convirtió en la canción más vista de la historia de YouTube en aquel momento. Era la primera vez que una canción en español llegaba a ese nivel global. Y lo hizo, en su versión original, completamente en castellano, sin la colaboración de Justin Bieber que muchos pensaban que era el motivo del éxito (la versión con Bieber llegó meses después).
A partir de ahí, el camino estaba abierto. Bad Bunny llegó para demostrar que no era una excepción. Sus álbumes encabezaron las listas globales de Spotify en años consecutivos, algo que nunca antes había logrado un artista hispanohablante. Convirtió el reggaeton y el trap latino en géneros mainstream globales mientras mantenía letras en el español más puro del Caribe.
Lo que el reggaeton dice sobre nosotros
El viaje del reggaeton desde las calles de San Juan hasta las playlists globales de Spotify dice algo importante sobre cómo ha cambiado la industria cultural. Durante décadas, el modelo funcionaba de arriba hacia abajo: las grandes industrias culturales decidían qué era popular, y el público consumía lo que le ofrecían. El reggaeton invirtió ese modelo: fue tan popular desde abajo que la industria no tuvo más opción que incorporarlo.
También dice algo sobre el español como lengua cultural. Durante generaciones, el español fue un idioma que "había que traducir" para llegar al mercado global. Bad Bunny, Rosalía, J Balvin, Karol G y docenas de artistas más han demostrado que no: que hay cientos de millones de personas en el mundo que quieren escuchar música en español, y que ese mercado es enorme. El reggaeton no solo conquistó el mundo musicalmente: abrió la puerta para toda la cultura hispanohablante.