El español que hablamos hoy tiene sus raíces en el latín que hablaron los soldados romanos que llegaron a la Península Ibérica hace más de dos mil años. Pero el camino desde ese latín vulgar hasta la lengua de Cervantes —y desde Cervantes hasta el español que se habla en Los Ángeles, Buenos Aires o Ciudad de México— es una historia llena de invasiones, mezclas y transformaciones.

Del latín al castellano

Tras la caída del Imperio Romano, el latín hablado en Hispania fue evolucionando de manera diferente en cada región. En el norte, en el reino de Castilla, surgió el castellano, un dialecto que recibió influencias del árabe durante los casi ocho siglos de presencia musulmana en la Península. Palabras como aceite, almohada, alcohol o algebra son herencia directa del árabe.

En el siglo XV, el castellano se había convertido en la lengua dominante de la Península. En 1492 —el mismo año del descubrimiento de América— Antonio de Nebrija publicó la primera gramática de la lengua castellana, el primer intento sistemático de fijar las reglas de una lengua romance.

La expansión americana

La colonización española de América fue, entre otras cosas, una expansión lingüística sin precedentes. En menos de un siglo, el español se extendió desde California hasta la Patagonia, absorbiendo palabras de cientos de lenguas indígenas. Del náhuatl llegaron tomate, chocolate, aguacate y chile. Del quechua, papa, llama y cóndor.

El español hoy

Con más de 500 millones de hablantes nativos y otros 100 millones que lo hablan como segunda lengua, el español es la segunda lengua materna del mundo y la cuarta más hablada en total. Es el tercer idioma más usado en internet y el segundo en Twitter. Su futuro, impulsado por el crecimiento de la población hispanohablante en Estados Unidos, parece más brillante que nunca.