💿 Discografía
📖 Biografía
Mikel Erentxun se subió por primera vez a un escenario con dieciséis años en un bar de San Sebastián, guitarra en mano y la voz temblorosa de quien no sabe que acabará llenando estadios. Corría 1984 y él, un chaval de Durango con más ganas que técnica, ya soñaba con hacer canciones que sonaran a algo más que a los grupos locales que versionaba los fines de semana. Lo que no imaginaba es que, años después, su nombre quedaría grabado en el rock español como el de ese tío que le puso melodía a la melancolía urbana, el que convirtió el desamor y los bares de madrugada en himnos generacionales. Antes de volar solo, pasó por Duncan Dhu, un proyecto que empezó como un juego entre amigos —él, Diego Vasallo y Juan Ramón Viles— y terminó siendo la banda sonora de una España que se quitaba el polvo de la Movida y buscaba algo con más carne.
Los discos de Erentxun son como un viaje en coche por carreteras secundarias: siempre hay una canción que te clava en el asiento cuando reconoces ese riff de *A un minuto de ti* o cuando *Lau Teilatu* te parte el pecho con su estribillo imposible de no tararear. Tras separarse de Duncan Dhu en los 90, se lanzó en solitario con *Naufragios*, un álbum que demostró que el rock en español podía ser elegante sin perder garra, y que le valió un disco de platino antes de que nadie supiera muy bien qué hacer con él. Le siguieron joyas como *Acróbatas* o *Ciudades de paso*, donde mezcló guitarras crudas con arreglos de cuerda que sonaban a cine negro, y canciones como *Cartas de amor* o *Ahora sé que estás* que se colaron en las listas sin pedir permiso. Su estilo es difícil de etiquetar: tiene el punch del rock clásico, la sensibilidad del pop británico y esa pizca de nostalgia vasca que huele a lluvia y a tabaco de bar.
Hoy, Mikel Erentxun es de esos artistas que no necesitan gritar para que se les escuche. Ha vendido más de tres millones de discos, ha llenado el Palacio de los Deportes de Madrid y ha girado por medio mundo sin perder esa actitud de quien sigue sorprendido de que la gente cante sus letras. Premios como el Ondas o el de la Academia de la Música avalan una carrera que, más allá de los números, ha dejado huella en quienes crecieron con sus canciones como banda sonora de sus primeras borracheras, sus primeros desengaños o esos viajes en coche con las ventanillas bajadas. Sigue en activo, sacando discos como