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rock

Los Planetas

🇪🇸 ES indie rock-alternativo shoegaze flamenco 💿 1 álbumes

La banda de Granada referente del indie español. Una de las más influyentes de los 90-2000. Mezclan shoegaze con flamenco.

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Los Planetas: el ruido que lo cambió todo

El 12 de octubre de 1993, en un local de ensayo de Granada con las paredes cubiertas de carteles de Sonic Youth y Camarón, Jota ajustó el pedal de distorsión hasta que el amplificador empezó a escupir un zumbido insoportable. Florent Muñoz, con una guitarra que parecía rescatada de un mercadillo, rasgueó tres acordes sucios. Eric Jiménez golpeó la batería como si quisiera romperla, y Banin, con el bajo colgando casi hasta las rodillas, cerró los ojos. En ese momento, sin saberlo, acababan de grabar el primer demo de lo que se convertiría en Super 8. No era solo un disco. Era el acta de nacimiento del indie en español tal como lo conocemos hoy.

Treinta años después, Los Planetas siguen siendo la única banda que ha logrado algo casi imposible: sonar a la vez a Pavement, a los primeros Smashing Pumpkins y a un cante jondo que se cuela entre los riffs como un fantasma. No es fusión. No es mezcla. Es algo más sucio, más incómodo, más real. Como si alguien hubiera metido a Tom Verlaine y a Enrique Morente en una habitación y les hubiera dicho: "Arregláoslas". Y vaya si se arreglaron.

El sonido que Granada le robó al noise

Nadie esperaba que cuatro chavales de Granada, criados entre el humo de los bares del Albaicín y los vinilos de los Pixies, fueran a reventar el rock en español. Pero lo hicieron. Y lo hicieron con una naturalidad que aún hoy descoloca. Super 8 (1994) no sonaba a nada que se hubiera hecho antes en castellano. No era el pop de los 80, ni el rock urbano de los 90, ni siquiera el indie anglosajón copiado nota por nota. Era algo más crudo, más personal, más suyo. Canciones como "De viaje" o "Brigitte" tenían esa cualidad rara: te golpeaban con guitarras que sonaban a lata oxidada y, al mismo tiempo, te dejaban un poso de melancolía que no se iba ni lavándote la cara con agua fría.

Pero si Super 8 fue el disparo de salida, Una semana en el motor de un autobús (1998) fue la confirmación de que aquello no era casualidad. Aquí el grupo llevó su sonido a otro nivel: más ambicioso, más oscuro, más granadino. El título del disco —inspirado en una película de serie B— ya daba pistas de por dónde iban los tiros: viajes sin rumbo, noches interminables, esa sensación de estar atrapado en un bucle de autodestrucción y belleza. Canciones como "Un buen día" o "Corrientes circulares en el tiempo" son pequeñas obras maestras de tres minutos donde el shoegaze, el noise y el flamenco se dan la mano sin pedir permiso. Y luego está "Qué puedo hacer", un tema que empieza con un riff que parece sacado de un garaje de Detroit y acaba con una letra que suena a confesión escrita en una servilleta de bar: "No sé qué puedo hacer / para que no me duela tanto verte así". Brutal.

La leyenda de los que nunca se vendieron

En un mundillo donde muchos grupos acaban convertidos en caricaturas de sí mismos —giras infinitas, versiones acústicas de sus éxitos, colaboraciones con influencers—, Los Planetas han hecho justo lo contrario: desaparecer cuando les ha dado la gana, reaparecer con discos que nadie esperaba y, sobre todo, no pedir perdón por nada. Su negativa a vender su catálogo a discográficas o a plataformas ha sido casi un acto de resistencia. Mientras otras bandas de su generación se desvanecían en el olvido o se convertían en atracciones de feria, ellos siguieron su camino, a su ritmo, sin explicaciones.

Eso sí, cuando deciden soltar algo, el impacto es inmediato. La leyenda del espacio (2007) fue uno de esos golpes sobre la mesa. Tras años de silencio, el grupo regresó con un disco que sonaba a electrónica andaluza, a raves en el desierto, a algo que no encajaba en ninguna casilla. Temas como "Y además es imposible" o "Si estás pensando mal de mí" mezclaban beats programados con letras que seguían sonando a Granada, a noches de verano, a esa luz especial que solo tiene la ciudad. No fue un disco fácil. No fue un disco comercial. Pero fue, uno de los más valientes de su carrera.

El legado: por qué siguen siendo necesarios

Hay algo en Los Planetas que va más allá de la música. Es esa actitud de "aquí estamos, nos gusta lo que hacemos, y si no te gusta, te jodes". En una escena como la española, donde el éxito suele medirse en ventas o en minutos en Los 40 Principales, ellos han demostrado que se puede ser relevante sin ser mainstream. Que se puede llenar salas sin aparecer en la tele. Que se puede tener una carrera de más de treinta años sin repetirse ni traicionarse.

Su influencia es enorme, aunque no siempre visible. Bandas como Vetusta Morla, Lori Meyers o incluso grupos más jóvenes como Carolina Durante han reconocido en más de una ocasión que sin Los Planetas no existirían. Pero su verdadero legado no está en los discos que inspiraron, sino en esa idea de que el rock en español no tiene por qué sonar a nada que no sea a sí mismo. Que puede ser sucio, poético, contradictorio y, sobre todo, libre.

Hace unos años, en un festival en Barcelona, Jota subió al escenario con una camiseta de los Ramones y una guitarra que parecía a punto de desarmarse. No hubo presentación, no hubo agradecimientos, ni siquiera un "buenas noches". Solo cuatro acordes y esa voz que parece arrastrar siglos de historia granadina. Al terminar la primera canción, alguien del público gritó: "¡Sois los mejores!". Jota ni se inmutó. Siguió tocando. Como si supiera algo que los demás aún no entendemos: que Los Planetas no son una banda. Son un estado de ánimo.

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