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Amy Winehouse

🇬🇧 GB soul jazz rnb pop 💿 1 álbumes

La voz más grande de su generación. Back to Black es la biblia del neo-soul y uno de los álbumes más vendidos del siglo XXI.

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Amy Winehouse: la voz que partió el soul en dos

Una botella de ginebra a medias, el eyeliner torcido y esa colmena de pelo negro desafiando a la gravedad. La estampa de Amy Winehouse en 2006 desencajaba en la televisión. Mientras el pop fabricaba divas de laboratorio pulidas con Photoshop, una chiquilla de Camden aparecía borracha en directo para cantarle al desamor con una voz que parecía rasgada por años de whisky, tabaco y desvelos en clubes oscuros. La escena dolía, pero la música te dejaba con la boca abierta. El 23 de julio de 2011 esa garganta se apagó para siempre. Su muerte no fue un número más en la lista de los 27; supuso un portazo brutal a la era dorada del nuevo soul británico.

Nacida en Southgate en 1983, creció en el norte de Londres respirando jazz por culpa de su abuela Cynthia y los discos de Frank Sinatra que tarareaba su padre, taxista de profesión. De niña ignoraba los éxitos de las radiofórmulas. Prefería encerrarse a escuchar a Billie Holiday en casetes desgastados. «Cuando oí Strange Fruit por primera vez, supe que quería cantar así: como si cada nota te arrancara un trozo de piel», recordaría tiempo después. Vaya si lo consiguió. Su registro de contralto, oscuro y lleno de aristas, no imitaba a nadie. Ni falta que le hacía. Tenía esa magia rara de las vocalistas que no necesitan gritar para congelarte la sangre.

Su debut en 2003 con Frank demostró que había madera, pero el pelotazo real llegó tres años más tarde. Con Back to Black la artista dio un golpe sobre la mesa que retumbó en media humanidad.

El disco que reescribió las reglas del pop

En 2006 nadie apostaba un duro por la música retro. La industria musical buscaba ritmos sintéticos, pero Amy se juntó con los productores Mark Ronson y Salaam Remi para inventar otra cosa. Metieron la esencia del sonido Motown de los sesenta en un túrmix y le sumaron letras directas, sin filtro, sobre borracheras, infidelidades y relaciones destructivas. Ronson comentaba en el documental sobre la cantante que componía con una prisa feroz, como si supiera que el tiempo jugaba en su contra. Razón no le faltaba.

Pistas como Rehab, con ese estribillo que arrancaba a patadas la puerta de las emisoras, o la desgarradora Back to Black, convertida en una elegía fúnebre con coros de iglesia vacía, no buscaban gustar a todos. Buscaban purgar el dolor. El trabajo arrasó. Despachó más de 20 millones de copias, se llevó cinco premios Grammy en una sola noche y provocó un terremoto en las discográficas. Sin el camino que abriós ella, nombres como Adele, Duffy o Paloma Faith jamás habrían encontrado puerta abierta en las multis. Pasaron de buscar modelos de pasarela a fichar chicas con carácter, voz grave y cosas de verdad que contar.

El problema es que la cantante no interpretaba un personaje. Su vida personal era exactamente el desastre que describía en sus canciones. Su matrimonio con Blake Fielder-Civil, las persecuciones descarnadas de los paparazzi londinenses y una adicción severa al alcohol y las drogas la convirtieron en presa fácil para la prensa amarilla. Cancelaciones de giras, conciertos bochornosos donde apenas sostenía el micrófono y visitas fugaces a centros de rehabilitación llenaron portadas durante un lustro. «No quiero morir», confesó a un periodista en 2010. «Solo quiero cantar sin que la gente me juzgue». No le dieron tregua.

Un mito que sigue sonando crudo y real

Mucha gente intenta imitarla hoy en día, pero se quedan en la superficie: el peinado, las pestañas postizas y los tatuajes marineros. Se olvidan de lo esencial. Canciones como Love Is a Losing Game funcionan porque suenan a verdad sangrante, como si la grabación se hubiera hecho a las cuatro de la mañana en la habitación de un motel barato con el corazón roto en mil pedazos. Incluso en versiones desenfadadas como Valerie, su timbre aporta una elegancia canalla imposible de clonar.

Esa mezcla de vulnerabilidad extrema y chulería callejera cambió la forma de entender a las divas de la música. Se presentó al mundo sin sonrisas impostadas, mostrando sus miserias con una hidalguía que daba miedo. El crítico Simon Price dio en el clavo al escribir que no componía temas pop, sino que publicaba sus diarios personales en formato vinilo para que el público hurgara en sus heridas.

Catorce años después de su trágico final, el fenómeno no para de crecer. Hay documentales oscarizados, exposiciones con sus vestidos en museos y libros de todo tipo sobre su figura. Todo eso está muy bien para los mitómanos, pero la prueba del algodón sigue estando en sus canciones. Das al play en cualquier altavoz y el tiempo se detiene. Vuelve a sonar esa voz rasgada, urgente, maravillosa y triste. La voz de una artista irrepetible que quemó la mecha por los dos lados para dejarnos una música que no caduca jamás.

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