
La historia interminable
📖 Resumen
El libro que Bastián Baltasar Bux roba de una librería no es uno cualquiera. Es *La historia interminable*, un volumen encuadernado en cuero con dos serpientes entrelazadas en la portada, y dentro, un mundo que respira, sufre y espera ser salvado. Lo que comienza como un escape de la realidad —un niño de doce años huyendo de los matones del colegio y de un padre viudo que no sabe cómo hablarle— se convierte en algo más peligroso: una aventura donde las palabras tienen peso, los personajes exigen ser escuchados y el lector, sin querer, termina siendo el héroe. O el villano.
Michael Ende escribió esta novela en 1979, pero no como un cuento infantil al uso. Fantasía, ese reino de infinitas posibilidades donde conviven dragones de la suerte, brujas de tres cabezas y una Emperatriz Infantil enferma de soledad, no es un decorado bonito. Es un espejo. Un espejo que se rompe si nadie cree en él. Y es ahí donde Ende clava el puñal: la imaginación no es un lujo, es una necesidad. Sin ella, el mundo se vuelve gris, mecánico, vacío. Como el colegio de Bastián, como la oficina de su padre, como esa Europa de posguerra donde Ende creció, donde lo único que parecía importar era reconstruir ladrillo a ladrillo, sin preguntarse si las casas tendrían alma.
El genio de *La historia interminable* está en cómo juega con los niveles de realidad. Bastián lee sobre Atreyu, el joven guerrero que recorre Fantasía buscando una cura para la Emperatriz, pero poco a poco se da cuenta de que el libro habla de él. No como un espectador, sino como parte activa de la trama. Las páginas se le resisten, las letras se mueven, los personajes lo interpelan: *"Tú también estás aquí, Bastián. ¿O crees que esto es solo un cuento?"*. Ende no inventa la metaficción —ya lo habían hecho Cervantes o Borges—, pero la lleva a un terreno donde duele: el de la culpa, el de la responsabilidad. Porque salvar Fantasía no es solo un juego. Si Bastián se equivoca, si se deja llevar por el poder que le da ser el "elegido", el reino se desmorona. Y él también.
Hay un momento en la novela que define todo. Bastián, ebrio de su propia importancia, ordena que se cumplan sus deseos más egoístas. Quiere ser el más fuerte, el más admirado, el más temido. Fantasía se llena de monumentos con su nombre, de estatuas que lo representan, de súbditos que lo alaban. Pero cada deseo que cumple lo aleja un poco más de sí mismo. Hasta que se da cuenta de que ha perdido lo único que realmente importaba: su capacidad de soñar. No es casualidad que Ende, en plena era del consumo y la obsesión por el éxito, pusiera este espejo delante de los lectores. La imaginación, parece decir, no es un juguete. Es un músculo que se atrofia si solo lo usamos para alimentar nuestro ego.
Lo curioso es que *La historia interminable* no es un libro optimista. O no del todo. Ende no promete finales felices fáciles. Fantasía se salva, sí, pero a costa de que Bastián tenga que enfrentarse a sus propios monstruos. Y el mundo real —ese del que huyó al principio— sigue ahí, igual de hostil, igual de incomprensible. La diferencia es que ahora el niño lleva algo consigo: la certeza de que los libros no son solo tinta y papel. Son puertas. Y a veces, cuando las cruzas, ya no vuelves a ser el mismo.
Eso es lo que hace que esta novela trascienda su época. No es un cuento sobre dragones y princesas, sino sobre el precio de crecer
Ende escribió algo que parece un libro infantil y es en realidad un manifiesto sobre el valor de la imaginación frente al mundo adulto que todo lo racionaliza. Bastian leyendo a Atreyu leyendo a Bastian: la estructura de espejo es elegante y funciona emocionalmente con niños y con adultos que recuerdan haber sido niños. El mensaje puede resultar algo explícito para lectores mayores, pero hay una honestidad en ese entusiasmo que cuesta resistir.



