
El túnel
📖 Resumen
El pincel se detuvo en el aire. La pintura aún fresca sobre el lienzo —un retrato de ojos verdes que lo miraban desde el otro lado del tiempo— goteaba como sangre sobre el caballete. Juan Pablo Castel, pintor argentino de mediana fama, acababa de matar a María Iribarne. No con un cuchillo, ni con un disparo: con las manos, estrangulándola en un apartamento de Buenos Aires mientras la lluvia golpeaba los cristales. Ahora, sentado en su celda, escribe. No para justificarse, sino para entender. O quizá para que alguien, al fin, lo entienda a él.
"El túnel" no es una novela policial. Es el diario íntimo de un hombre que se ahoga en su propia lucidez. Ernesto Sabato, físico de formación y escritor por desesperación, publicó esta obra en 1948, cuando el mundo aún olía a pólvora y a promesas rotas. Pero Castel no es un héroe de posguerra. Es un hombre común —o eso cree él— atrapado en la jaula de su propia mente. Un artista que pinta cuadros que nadie compra, que ama a una mujer que no lo ama del todo, que odia a un rival que quizá ni siquiera existe. Un hombre que, como tantos otros, confunde el amor con la posesión y la soledad con la verdad.
La genialidad de Sabato está en convertir esa obsesión en literatura sin redención. Castel no busca perdón. No hay arrepentimiento en sus palabras, solo una frialdad calculada que quema más que cualquier grito. "Yo maté a María Iribarne", repite una y otra vez, como si el acto de escribirlo pudiera exorcizar el crimen. Pero la prosa de Sabato no es un exorcismo: es un espejo. Un espejo sucio, empañado por la paranoia, donde el lector termina viendo su propio rostro deformado.
¿Por qué mató Castel a María? La respuesta no está en el crimen, sino en los detalles. En la ventana de un cuadro que solo ella entendió. En el teléfono que suena en mitad de la noche. En el marido ciego de María, Allende, que parece saber más de lo que dice. Sabato construye la tensión con la precisión de un relojero: cada escena, cada diálogo, cada silencio, avanza hacia un final que ya conocemos desde la primera página. Pero el viaje —ese descenso a los infiernos de la inseguridad y los celos— es lo que atrapa. No hay giros inesperados, ni villanos de opereta. Solo un hombre que se desmorona bajo el peso de su propia mirada.
Hay algo profundamente argentino en esta historia. No es el tango, ni el mate, ni los paisajes de la pampa. Es la obsesión por la autenticidad, por la verdad a cualquier precio, incluso si esa verdad es insoportable. Castel no es un loco: es un hombre que ha mirado demasiado hondo en el abismo y ha descubierto que el abismo le devuelve la mirada. Y lo peor de todo es que, en algún momento, el lector empieza a entenderlo. A sentir esa misma claustrofobia, ese mismo miedo a no ser visto, a no ser comprendido. Porque "El túnel" no habla de un crimen. Habla de la soledad que nos habita a todos.
Sabato escribió esta novela en tres meses, dicen. Tres meses para destripar el alma humana y dejarla al descubierto, sangrando sobre el papel. No hay adornos, ni metáforas baratas. Solo la crudeza de un hombre que se confiesa ante un tribunal que nunca lo absolverá. Y sin embargo, hay belleza en esa crudeza. Una belleza incómoda, como un cuadro que te mira desde la pared y sabes que, si te quedas demasiado tiempo observándolo, terminará por revelarte algo que no quieres saber.
"El túnel" es corta —apenas 15
Sabato comprime el horror de los celos en una confesión asfixiante. Imposible soltarlo, imposible olvidarlo.



