🎬 Películas de Ryan Gosling (3)
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Ryan Gosling no necesita presentación, pero ahí sigue, cada vez más difícil de ignorar. El tipo que en *Drive* se puso un escorpión bordado en la espalda y convirtió un guante de conducir en un símbolo de masculinidad fría, ahora es el Ken que hizo reír —y reflexionar— a medio planeta. Entre medias, un Oscar que se le escapó por los pelos en *La La Land*, una secuela de culto como *Blade Runner 2049* y una carrera que parece diseñada para demostrar que el talento no entiende de géneros. ¿Cómo diablos ha logrado eso? Nació en London, Ontario, un pueblo canadiense donde el mayor espectáculo eran los partidos de hockey sobre hielo. Gosling, sin embargo, prefirió los escenarios: a los 12 años ya estaba en *The Mickey Mouse Club*, compartiendo cartel con Britney Spears y Justin Timberlake. No era el más llamativo del grupo —eso lo dejaba para los otros—, pero tenía algo que los directores de casting notaban: una capacidad inquietante para desaparecer dentro de un personaje. No actúa; se transforma. Y eso, en una industria obsesionada con los egos, es casi un superpoder. Su salto al cine adulto llegó con *The Believer* (2001), donde interpretó a un neonazi judío. Sí, has leído bien. La película pasó desapercibida, pero los que la vieron supieron que Gosling no era otro guapo de Hollywood. Era un actor dispuesto a meterse en la piel de tipos rotos, complejos, incluso repugnantes. Después vinieron *Half Nelson* (2006), donde dio vida a un profesor de instituto adicto a las drogas, y *Blue Valentine* (2010), una de esas películas que te dejan sin aliento por su crudeza. En ambas, su química con las actrices —Shareeka Epps y Michelle Williams, respectivamente— era tan real que dolía. No había truco: solo dos personas en una habitación, desnudando sus miserias. Pero si hay un papel que lo catapultó al mainstream sin sacrificar su credibilidad, ese fue *Drive* (2011). Nicolas Winding Refn, el director, lo quería para el papel del conductor silencioso porque, según dijo, Gosling tenía «la cara de un ángel y los ojos de un asesino». No exageraba. El personaje —un tipo que solo habla cuando es estrictamente necesario— se convirtió en un ícono instantáneo. La chaqueta con el escorpión, la música de synthwave, esa escena en el ascensor donde besa a Carey Mulligan antes de pisar la cabeza de un tipo hasta reventarla… *Drive* no era una película; era una experiencia sensorial. Y Gosling, sin decir casi nada, se llevó todo el protagonismo. Luego llegó *La La Land* (2016), el musical que lo puso en la conversación del Oscar. Su interpretación de Sebastian, el pianista de jazz obsesionado con preservar la música «pura», le valió una nominación —y una de las escenas más memorables de la década: ese baile en el observatorio, con Emma Stone mirándolo como si fuera el único hombre en el universo—. El premio se lo llevó Casey Affleck por *Manchester by the Sea*, pero Gosling ya había ganado algo más importante: la confirmación de que podía brillar en un género tan exigente como el musical sin perder ni un ápice de su autenticidad. ¿Y qué decir de *Blade Runner 2049* (2017)? Denis Villeneuve lo eligió para
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