🎬 Películas de Anya Taylor-Joy (2)
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Anya Taylor-Joy no necesita presentación, pero si hay alguien que merece que le presten atención, es ella. Con esa mirada que parece atravesar la pantalla y una presencia que oscila entre lo etéreo y lo intimidante, la actriz argentino-británica se ha convertido en una de esas raras figuras que logran lo imposible: ser a la vez un fenómeno de culto y un nombre reconocido en cualquier sala de cine del mundo. No es solo su físico —ese rostro de muñeca gótica que parece sacado de un cuadro prerrafaelita—, sino algo más difícil de definir: una capacidad para habitar personajes que van desde la fragilidad más absoluta hasta la ferocidad más despiadada, sin que nunca parezca que está actuando. Nació en Miami, pero su infancia fue un mapa de mudanzas: Argentina, Londres, Nueva York. Quizá por eso su acento es un camaleón —puede sonar como una aristócrata británica en *The Crown* y, al minuto siguiente, como una chica de barrio en *Peaky Blinders*— y su inglés tiene ese deje que delata años de saltar entre continentes. A los 16, un cazatalentos la descubrió en las calles de Londres, pero su carrera no despegó de inmediato. Tuvo que esperar a *La bruja* (2015), el debut de Robert Eggers, para que el mundo se diera cuenta de que no era una más. Allí, como Thomasin, una adolescente acusada de brujería en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, demostró que podía sostener una película entera con solo una mirada. No gritaba, no forcejeaba; simplemente *existía* en la pantalla con una intensidad que dejaba sin aliento. El cine de terror, un género que suele maltratar a sus protagonistas femeninas, encontró en ella a su musa inesperada. Pero Taylor-Joy no se quedó en el terror. O, mejor dicho, el terror no se quedó en ella. Su salto a la corriente principal llegó con *Gambito de dama* (2020), la miniserie de Netflix que la convirtió en un fenómeno global. Como Beth Harmon, la prodigio del ajedrez con una adicción a las pastillas y una soledad que pesaba más que su genio, la actriz hizo algo extraordinario: convirtió un juego de mesa en un espectáculo visual y emocional. No era solo que supiera mover las piezas —que también—, sino que lograba transmitir la obsesión, la euforia y el agotamiento de alguien para quien el ajedrez no era un hobby, sino una tabla de salvación. La escena en la que Beth gana el torneo de París, con ese vestido verde esmeralda y el pelo recogido en un moño impecable, es pura iconografía pop. De repente, Anya no era solo una actriz de películas de autor; era la cara de una serie que vieron 62 millones de hogares en sus primeras 28 días. Lo curioso es que, a pesar del éxito masivo, Taylor-Joy nunca ha dejado de buscar proyectos arriesgados. *The Northman* (2022), de Robert Eggers otra vez, la vio transformarse en una vidente nórdica que hablaba con los cuervos y maldecía a los guerreros con una frialdad escalofriante. *Furiosa* (2024), el spin-off de *Mad Max*, la confirmó como una de las actrices más versátiles de su generación: aquí no hay vestidos de época ni partidas de ajedrez, sino polvo, sangre y un físico que dem
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